A veces pienso que mi trabajo ‘se reduce’ a intentar explicar lo más precisamente posible cómo evoluciona la forma.

Por un lado, esto significa desenmascarar el papel de la forma de un organismo en su reproducción. La mayoría de los animales necesita una forma concreta para sobrevivir (y poder reproducirse después): el caso más claro es el de la jirafa, que tiene que llegar a las copas de los árboles para comer. Pero claro, los humanos además también necesitan ser atractivos para reproducirse más y las plantas tienen un comportamiento con respecto a la luz, el agua y  los depredadores que las hacen completamente diferentes a todo.

Por otro lado, intentar explicar la evolución de la forma también consiste en explicar sus límites. La forma no puede cambiar sin límites. Las jirafas nunca tendrán un cuello de 50 metros ni puede haber nadie más guapa que Lucia Micarelli. ¿Por qué? Por un lado porque si una jirafa tuviera un cuello de 50 metros sufriría una serie de problemas motrices que harían imposible que se reprodujera. Por otro lado, dejando abierta la remota posibilidad de que pudiera existir alguna persona más guapa que Lucia Micarelli, siempre tendría que tener la boca debajo de la nariz y la nariz debajo de los ojos para que estos órganos siguieran realizando su función de manera correcta. Así que la forma de la cara, aunque cambiara, mantendría siempre unas posiciones relativas.

Todo esto, y más, hay que desenmarañarlo para saber qué ha pasado y al final, con suerte, poder decir de dónde y cómo ha salido cada cosa y cómo es posible que en algún momento de la historia de la evolución saliera algo tan bonito como la señorita Micarelli.

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