Cuando pienso en el momento en que decidí a dedicarme a la biología en general y a la evolución en particular recuerdo que me dio por los libros de divulgación. Ya superé esa etapa, la verdad, ahora prefiero desconectar con otro tipo de lectura, pero recuerdo esos libros como muy divertidos. Empecé con ‘El Gen Egoísta’ de Richard Dawkins, ese tipo inglés que está peleando con la iglesia todo el tiempo. Ese libro es básicamente la versión original de todo el pensamiento acerca de evolución que la gente tiene. Incluyendo versiones sexistas y racistas, como estas de Rajoy cuando era Presidente de Diputación. Lo que yo entendí que quiere decir Dawkins es que como lo que se transfiere de padres a hijos son los genes, todo lo que evoluciona tiene una base genética (incluyendo al comportamiento).

Me encontré entonces un libro de Richard Lewontin, un comunista americano que dice que en el tema del comportamiento es mucho más importante el componente cultural que cualquier rasgo genético (si es que lo hubiera), que intentar distinguir razas como genéticamente diferentes es lo que hacemos para justificar las injusticias sociales. Que si de una manera natural como la evolución se ha llegado a que África sea pobre entonces tenemos una justificación perfecta para que allí muera gente de hambre. Es una cuestión biológica, no que los occidentales les robemos sus recursos. Y por supuesto no se olvida de citar a Dawkins como el primero en usar ese tipo de razonamiento. Y así mantenían la polémica los dos durante un montón de libros. El último que leí, de Lewontin, era acerca de por qué el proyecto genoma humano era absurdo.

Este tema me divirtió mucho y me ayudó a entender el pensamiento y los prejuicios de la gente en cuanto a evolución. La única pena es que en estas cosas al final uno se alinea con las opiniones más próximas a sus propios prejuicios más que porque se pueda distinguir quién lleva objetivamente la razón.

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