Cuando se quiere reconstruir la historia natural de un grupo de especies (de dónde salieron, cómo han llegado donde están) existe un problema bastante común que en evolución se llama ‘convergencia’.

El nombre es bastante intuitivo. Dos especies pueden tener orígenes muy distintos, pero en algún momento la selección natural favorece al mismo tiempo en las dos especies la misma característica y entonces se vuelven muy similares. Si entonces intentas ver el origen de esas especies utilizando como criterio la similaridad en esa característica creerás que las dos especies tienen el mismo origen cuando eso es falso. Simplemente se convirtieron en lo mismo.

Los murciélagos y las aves, por ejemplo, tienen alas. Se sabe (por otros medios) sin embargo que las aves son aves y los murciélagos, mamíferos. Por tanto, no vienen del mismo sitio. Por utilizar el término ‘convergencia’: podemos pensar que no vinieron del mismo sitio (las aves aparecieron después de los reptiles y los murciélagos después de los ratones), pero sí fueron al mismo (a desarrollar alas para volar). Sin embargo, si utilizáramos la existencia de alas como criterio para saber de dónde vienen las especies pensaríamos que aves y murciélagos son parientes cercanos evolutivamente hablando y no es así.

Por eso, para reconstruir el origen de las especies se utilizan características inútiles. Incluso cuando se usan genes, se usan genes inútiles. Así, la probabilidad de que la selección natural haya actuado será menor (porque la selección normalmente actúa para beneficiar la reproducción del organismo, para crear algo útil para la reproducción ¡aunque no siempre!) y habrá más fiabilidad.

Lo inútil es lo que nos permite reconstruir la historia de la vida.

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