Es el 9 de Julio de 1994, un poco antes de las 4 de la tarde en Almería. Estoy preparado e ilusionado para ver un partido de fútbol en televisión, nada más y nada menos que un Italia-España de los cuartos de final del Mundial de fútbol. Me gusta el fútbol y de alguna manera se me ha transmitido la importancia de ese partido (supongo que oyendo a mi padre y mi hermano, o por la televisión). Entonces, llega mi madre con una oferta que hace que todo mi mundo se tambalee: quiere que vaya a comprar con ella al supermercado (al Pryca, hoy Carrefour) y si acepto me comprará chucherías al terminar. Tengo 6 años, en unas tres semanas cumpliré 7. Me lo pienso mucho y sufro por esa decisión, pero las chucherías son una prioridad.

Estamos pagando en caja y pregunto cómo va España, ‘1-1’ me dicen. Compramos las chucherías y volvemos a casa. Unos minutos después de llegar a casa Roberto Baggio hace el 2-1 en el último suspiro. Mi hermano (12 años) se maldice. Yo estoy muy contento: tengo chucherías y además he llegado para el momento cumbre del partido. Y además por algún motivo simpatizo con Italia, creo que me gusta la equipación o algo.

Anoche, casi 20 años después, leía cómo menos de una semana después de aquello, en Ruanda, terminaba el mayor genocidio de la era moderna: casi un millón de muertos en 100 días. Y de la manera más ruin y salvaje imaginable. Se dice que si hubo supervivientes tutsis fue necesariamente por la existencia de ‘Schindlers’ (hutus que los ayudaron). Ahora Ruanda parece que se recupera de aquello.

Impresiona.

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