Un día de Julio de 2009, al final de tercero de carrera, cuando yo ya había terminado todos los exámenes, me acerqué a la revisión del examen al despacho de una profesora. Creo recordar que tuve un 7 en ese parcial y la verdad es que no estaba tan interesado en hablar con esta mujer sobre el examen como en preguntarle cuáles eran los pasos naturales para dedicarme a la investigación en un futuro.

Justo cuando me lo explicaba sonó el teléfono de su despacho, pero en lugar de pedirme que saliera me dijo que podía quedarme allí sentado si no me importaba escuchar la conversación. Durante la conversación ella le decía a su interlocutor que tenía su apoyo para la próxima reunión de departamento, que no se preocupara en absoluto por ella. Le decía también que hablara mejor con otro de los profesores puesto que este tenía un par de pupilos que podían aspirar al mismo puesto que él. La persona al otro lado del teléfono le decía que ya había hablado con él y que también estaba de acuerdo, aunque mi profesora le pedía que se asegurara bien.

Al terminar la conversación esta mujer tuvo a bien ponerme a este chico con el que acababa de hablar como ejemplo. Me lo describió como un hombre pasados los treinta, probablemente harto y asqueado de la ciudad del Reino Unido donde residía, su clima y su comida, y que ahora luchaba tras años de hastío por volver, todavía con una beca temporal y sin trabajo fijo, a un lugar en el que al menos viera la luz. Probablemente este hombre hubiera rebajado el dramatismo de la descripción, pero mi profesora quiso transmitirme que no pensase que el camino de la investigación iba a ser fácil, aunque si me gustaba magnífico.

Yo, que vi ese ejemplo un tanto extremo, no podía imaginarme cómo de común era.

 

 

PD: El tipo, por cierto, consiguió su plaza.

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