Imagina que tú y yo cometemos un delito. Al día siguiente, la policía acude a nuestras casas y nos lleva a comisaría, donde nos encierran en habitaciones separadas para interrogarnos. Si los dos por separado negamos conocernos y haber participado en el delito nos condenarán a 6 meses a cada uno. Sin embargo, si yo niego todo y tú confiesas toda la verdad, a ti te reducen la condena a 1 mes por buena conducta y a mí me encierran 2 años por mentir. O viceversa. Si los dos confesamos, entonces nos encierran a una pena intermedia: 1 año a cada uno. ¿Qué harías?

Puedes serme fiel, callarte, y entonces entramos en la cárcel 6 meses. Pero claro, corres el riesgo de serme fiel, portarte bien conmigo, y que yo te traicione y te metan 2 años. También puedes intentar jugármela y confesar, pero si yo intento jugártela también entraremos 1 año en vez de 6 meses. La moraleja es: si me porto bien (me callo y confío en ti) obtendré una buena recompensa (sólo 6 meses) pero estaré en una posición muy sensible a que me fastidien (que tú confieses y me metan 2 años).

Este es el dilema del prisionero, forma parte de la teoría de juegos, un área de las matemáticas, y me parece fundamental para entender política.

Últimamente leo muchísimas propuestas políticas que me parecen llenas de buenas intenciones y que a priori parecen fantásticas, pero que no tienen en cuentan la situación tan sensible en la que dejarían al país. ¿Qué pasa si se instaura un salario mínimo alto? Pues que hay que rebajar los salarios altos y se corre el riesgo de que esos profesionales se vayan donde les sigan pagando esos salarios altos. ¿Qué pasa si todas las decisiones se toman de manera democrática? Pues que si los votantes están desinformados se toma la peor decisión.

Con esto no digo que no haya que portarse bien, digo que si se conocieran los riesgos se morirían muchas buenas intenciones.

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