Me suena haberlo mencionado ya alguna vez: mis años de licenciatura los amenizaron los libros de divulgación de biología. En realidad no sólo los amenizaron sino que de vez en cuando cogía alguno que me motivaba mucho a seguir con lo mío.

Los libros que recuerdo con más cariño son El Gen Egoísta de Dawkins y varios de Lewontin. El primero es seguramente el libro más leído de la historia sobre biología y en él se remarca la influencia de los genes en la gran mayoría de los rasgos de las personas (incluyendo el comportamiento). Richard Lewontin por su parte opina que eso es sólo una cuestión ideológica más: es simplemente ponerle una base biológica a nuestras diferencias sociales para justificar no hacer nada para reducirlas. Si hay gente más inteligente y gente menos inteligente por una cuestión biológica los primeros serán siempre más ricos y los segundos más pobres, no podemos hacer nada para cambiarlo. Rajoy lo ejemplifica bastante bien en este artículo suyo del 83 en el Faro de Vigo (lo de los 24 cromosomas se lo perdonamos aunque creo que puede explicar ‘alguna cosa’).

Y claro, aquí estoy yo este año relacionando rasgos físicos con regiones del ADN y preguntándome si debería leer algo más sobre filosofía de la ciencia y sobre las implicaciones sociales de lo que hago. En general los científicos son bastantes reacios a la filosofía, algo que consideran un fango de problemas semánticos y conceptuales que sólo dificulta el avance de la parte más práctica de la ciencia. Seguramente lo ideal sea elegir bien las dudas filosóficas que plantearse.

Yo, hoy, creo que lo mejor será olvidar un poco de momento todo lo que no sean los datos y con los resultados en la mano podré replantearme todo sin el peligro que tienen los prejuicios.

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